No puedo evitar llorar cuando me entero que muere un poeta; eso me pasó con Sabines y con Paz, me pasó cuando leí una semblanza de Castellanos y Neruda, me volverá a pasar cuando parta Benedetti o José Emilio Pacheco.

Cuando muere un poeta, una voz se apaga, aquel que con palabras nos mostró un universo menos lógico y más posible....quizas lloro, porque no hay nada más triste que saber que se va la gente que puede abrazar el mundo en un verso, que son eternos en sus palabras....porque la palabra es infinita,más que el cielo,más que el océano, más que todo, el poeta cuando muere sigue viviendo en el sonido silencioso del recuerdo, en la libreta del adolescente que roba sus poemas para conquistar el corazón de una chica que le hace perder la calma, sigue viviendo en los amorosos, en el plural de caricias, en la promesa de la eternidad, cuando leemos un poema nos hacemos eternos junto al poeta....somos la poesía. Lloro cuando muere el poeta, porque duele cuando una voz calla y sin embargo, al poco tiempo, se multiplica en muchas voces,aquellos que necesitan de sus palabras, si no muere la palabra, si no muere la poesía, el poeta no dejará nunca de existir.